LA REBELDÍA DE AQUELLAS CANCIONES DE PABLO MILANÉS

Por Enrique Martínez
Los culturalista (esos contaminados de un idealismo cuya tautología enuncia que los problemas de la cultura, y su reproducción, son productos de la propia cultura y se cuecen en esa salsa) afirman que el arte posee una autonomía liberadora de ideologías y sistemas políticos. Algo parecido afirman los periodistas contagiados de neoliberalismo, para quienes el periodismo es neutral. Pero ya se sabe que ni la verdad es neutral. Tampoco el arte escapa a la sociedad: nada escapa a las relaciones de poder.

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Las canciones de Pablo Milanés, como todo arte, atestiguan una identidad y numerosos referentes, que se pueden determinar de varias formas y en última instancia (si no lo ratifican explícitamente) ha de estudiarse y analizarse la identidad y referencias del autor. Pregúntesele a Bajtín, por mencionar a alguien, ellas dictan rasgos y elementos socioculturales.

Refieren una época, una temporalidad, una historia que incluye la personal, quién las creó, el país o región, estratos sociales, jerarquías (o pregúntesele a Eco, Barbero, Ramonet, Chomsky) y otras muchas aristas refieren.

Pero además, las canciones tienen vida propia. Una vez creadas, comienzan a caminar, a dialogar con la vida y el tiempo y ya nadie las puede detener: hacen amigos y enemigos, enamorados y devotos. El autor, en lo adelante, opera también soberano. Si quiere actúa a la altura de sus canciones, si puede las supera, las manipula o las deja quietas; puede incluso renunciar a ellas. Muchos son los caminos. Pero puede también mentir, como hace Pablo Milanés, que acaso las sigue cantando pero no es consecuente con ellas; o se dice ser revolucionario cuando es un seudorevolucionario.

También a esta actitud se le nombra “contrarrevolución en el arte”.
Luego aquellas canciones, siguieron enamorando y se tornaron en patrimonio del pueblo, que las asimiló, las cantó y las canta porque las siente suyas: dictan sus vivencias, su historia, su temporalidad, su amor. El pueblo las hizo suyas, son su propiedad y ya nadie se las puede quitar. Quien las niega es la conducta de su propio autor.

Por eso las canciones de aquella época de Pablo Milanés, aunque la ley lo cubra para recaudar el derecho de autor, articulan un valor simbólico que constituye patrimonio, pertenencia del pueblo. He ahí parte de la autonomía del arte, su vida propia, la rebeldía de las canciones de Pablo Milanés.
Ellas en fin, se resistieran a él si quisiera cantarlas.

  1. Miguel Tejeda

    que buen analisis ! finisimo y acrisolado,tanto que parece totalmente verdadero,pero si el canta cosas que ya no siente,penetro en el mundo de la contrarevolucion y lleva sus canciones para vender al capitalismo entonces se paso de mercader y de traidor.En lo que a mi respecta he roto sus Cds y he deshecho sus cassettes.Que siga cantando sus hipócritas baladas al capitalismo corruptor.Pero el articulo en verdad me ha gustado,me clarifico mas sobre mi posición revolucionaria.

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